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Mitos griegos

Jue 19 Jul, 2007 GMT

Hero (Mitos Griegos III)

HERO Y LEANDRO.

Hero fue consagrada desde pequeña como sacerdotisa de Venus. Y con tal fin, su padre la alojó en una torre a orillas del mar. Leandro, el más valiente de los mortales, y uno de los más apuestos, supo de su gran belleza a pesar de vivir en otra distante ciudad. Aprovechando que se celebraban en Sestos, donde vivía ella, unos festejos en honor a la diosa, se presentó allí para comprobar si los comentarios sobre su hermosura eran ciertos o no. Quedó fascinado nada más verla, y Venus encargó a su hijo Eros que le disparara a ambos sus dardos del amor, así que se enamoraron los dos a primera vista.

El padre de Hero no hubiera consentido tales amores, así que él, decidido y resuelto, cruzaba todas las noches un mar embravecido, el Helesponto, para llegar hasta ella. Para orientarle, Hero sostenía en lo alto de su solitaria torre una antorcha encendida: "¡Dulce! Por tu amor" gritó él, "surcaría el mar/ Aunque la espuma fuese fuego y las olas ardieran en llamas/No le temo a las olas si te sostienen/Ni me estremezco ante el silbido del mar" Edwin Arnold. Así todas las noches los amantes se unían, y la aurora de cada mañana los separaba; nadie sospechó de tales encuentros.

Pero las primeras feroces tormentas de invierno llegaron hasta el Helesponto. Hero, en el oscuro amanecer de una mañana de invierno, suplicó a su amante para que no surcara las olas esa noche. Pero él rió suavemente, y una vez se puso el sol se lanzó a cruzar el estrecho, y rezó a los dioses, que esta vez no le escucharon; vio la luz de la antorcha ondeando, y finalmente una ráfaga de viento la apagó, y Leandro se hundió bajo las aguas turbulentas, para no volver a emerger jamás. A la mañana siguiente la dulce Hero halló su cadáver traido por la marea, y ansiando la muerte se arrojó al mar para permanecer siempre junto a él.

PD: El poeta Byron intentó y consiguió acometer la proeza de nadar a través del Helesponto, y de regreso de su peligrosa aventura, escribió unas bellas líneas relatando a su vez este mito.

Sunset, de Viorica G

Parte de los versos que sobre Hero y Leandro escribió Lord Byron:

Era noche de agua tormentosa
cuando el amor que envió olvidó salvar
al joven, al bello, al valiente,
la única esperanza de la hija de Sestos.
¡Oh! cuando sola a lo largo del cielo
la antorcha en la torre estaba brillando alto,
aunque la tempestad se estaba levantando y rompiendo la espuma
y las chillonas gaviotas le avisaban,
las nubes arriba y la marea abajo,
con signos y sonidos le prohibían ir.
Él no podía ver, no podía oir,
ni un signo ni un sonido presagiaban temor,
su ojo solo veía la luz del amor,
la única estrella que le gritaba desde arriba;
su oido solo escuchaba la canción de Hero.
¡ Tus olas ya no dividen a los amantes más !



Dulce Pontes, cancão do mar.



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Mie 18 Jul, 2007 GMT

Psique (Mitos Griegos II)

EROS Y PSIQUE.

Psique era la menor de las tres hijas de un rey, y su belleza sólo era superada por su inteligencia, que era muy elevada. Venus, madre de Eros, se puso celosa de ella y le encargó matarla. Pero cuando la vio la amó y deseó irrefrenablemente, y no pudo cumplir su encargo. Es más, se la llevó a un palacio sobre las nubes y la convirtió en su mujer. Pero sólo iba a verla por las noches, a hacerle el amor, y bajo la condición de que Psique jamás intentara ver su rostro. La primera noche tuvo miedo de él, quien la tranquilizó prometiéndole no hacerle daño alguno. Pocos días más tarde, se acostumbró a sus tiernas y ardientes caricias y besos, hasta hacerse adicta a los mismos y amarlo como él a ella.

Pero las hermanas de Psique (Psique no en vano se llama así, representa o simboliza la mente; Eros es el corazón), muertas de envidia, empezaron a atormentarla y a hacerle pensar que tal vez su marido era un monstruo abominable y por eso no se dejaba ver por ella. Psique escondió un candil y una noche vio la cara de su amante: Chicos, es el dios del amor, o sea, que estaba buenísimo, "cañón" vaya. La joven muchacha quedó subyugada ante tanta apostura, y sintió hacia él un amor y una pasión inconmensurables. El despertó y le dijo:"¿qué has hecho? ¡No hay amor sin fe! Te condeno a vagar sola por el mundo y a pasar los peores trabajos. Te lo he dado todo y no has creído. Ese es tu merecido"

Pobre Psique, pasaron décadas, y la madre de Eros la sobrecargó con las peores adversidades y penalidades que puedan imaginarse. Entre ellas, bajar al Reino de los Muertos y pedirle un ungüento de belleza a la propia Perséfone. Psique pensó en ponérselo y así borrar las ojeras y los estragos que sus innumerables lágrimas habían hecho en su rostro. Pero la caja sólo contenía el espíritu del sueño, que le venció inclemente. Ella fue fiel a la esperanza, y bajó hasta los abismos y subió a las cimas más altas llamando a su amado en vano. Una vez Eros la encontró al borde de un camino. El dolor y el sufrimiento habían llenado de contenido el rostro de Psique: ahora era más bella que cuando joven. Entonces Eros comprendió la grandeza de su amor, y la magnitud de su sufrimiento. Y la belleza de su alma, transparentada en su rostro ya no de niña sino de toda una mujer, le fascinó y le enamoró aun más que la primera vez. La perdonó y se la llevó de nuevo consigo. Congeló su edad, y no cumplió más años, no envejeció, y por siempre vivieron juntos en armonía.

Eros y Psique, de Antonio Canova



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Lun 16 Jul, 2007 GMT

Perséfone (Mitos Griegos I)

PERSÉFONE.

Hace poco leí en una revista una referencia mitológica sobre la menta, planta antiespasmódica y benéfica para la digestión. Pues bien, según la leyenda, Perséfone (o Proserpina), poseída por los celos, transformó en menta a una amante de su marido (una ninfa llamada “Mente”, a la que golpeó furiosamente hasta que sólo quedaron de ella sus restos, que se convirtieron en la planta de la menta),y así nació esta especie vegetal.

Deméter, era la diosa de la agricultura. Bajo su égida, el sol brillaba sobre la tierra toda, y los cultivos eran copiosos y florecientes. La primavera era permanente, y duraba todo el año. Estaba muy estrechamente unida a su hija, la bellísima Perséfone. Juntas atravesaban los campos, recogían sus flores y cantaban a la luz que todo hacía crecer.

Un buen día Perséfone tuvo el impulso de irse sola a correr por los campos, y risueña se hizo una guirnalda floral con la que adornó sus largos y ondulados cabellos azabache. En aquel momento, fue vista por Plutón, el Dios de los infiernos, que codició su alegría (de la que él estaba carente), deseó su cuerpo y harto de tanta soledad resolvió convertirla en su reina, y compartir con ella el funesto trono que le correspondía sobre el reino de los muertos. Emprendió una salvaje e inclemente persecución sobre la joven, que finalmente cayó nerviosamente de bruces sobre unos rosales después de una prolongada huida.

- “Venid conmigo, y reinaréis en el subsuelo por siempre junto a mí”

- “No quiero separarme de mi madre, ni quiero abandonar la luz del sol. Dejadme marchar, os lo suplico”

- “Si venís conmigo, compartiréis mi gran poder. Seréis como yo. Os colmaré de lujos y riquezas, nada os faltará”

- “No hay mayor tesoro para mí que vivir sobre la superficie, ni joya más valiosa que la compañía de mi madre, ni mejor visión que la del trigo meciéndose en la brisa o la del rocío resbalando sobre el pétalo de una flor”

- “Así lo habéis querido, entonces…”

Plutón hizo uso de su fuerza física (no estaba dispuesto a seguir solo con su pesada carga) y secuestró a la hija de Deméter, cuyos gritos se escucharon a lo largo y ancho del mundo, hasta llegar a los oídos de su madre. En el inframundo, los castaños (casi rubios) cabellos de la muchacha se tornaron negros por la falta de luz. Su mente vivía de los recuerdos de su vida en la superficie, y se negó a desposarse con Hades. Pero poco a poco, casi sin darse cuenta, empezó a perder la esperanza y lo que otrora era su alegre y desenfadado carácter mudó en dureza y severidad, (hasta el punto de que la Reina de los muertos sólo fue clemente una vez, en el caso ya narrado de Orfeo, cuando le permitió que se llevase consigo de los infiernos a su esposa Eurídice) y se resignó, aceptando su destino final: separarse de se madre y unirse a él, a Hades (una representación mitológica del matrimonio tradicional, en virtud del cual la mujer abandonaba su familia de origen para formar una con el hombre que con ella se casaba). Hades tenía un atractivo subterráneo e inexplicable, y Perséfone sucumbió a sus magnéticos encantos, contra su consciente voluntad, en la noche de bodas. Se convirtió en una celosa y posesiva esposa.

Deméter, ignorante a cuanto había pasado, dejó de preocuparse de sus quehaceres cotidianos, y se empleó a fondo en buscar a su querida niña. Atravesó bosques, ríos, cascadas. Conoció muchos países, viajó sin descanso, pero en ninguna parte la halló. Mientras estaba así enfrascada en su dolor, todo se transformó en un erial helado. Lo que antes era un estío perpetuo, ahora había devenido en un invierno imparable y estático a la vez. Finalmente, conoció a un testigo del paradero de la muchacha, un pastor que estuvo justo allí el día de su secuestro:

- “Mi Señora, vi como el Señor de Ultratumba agarraba con sus brazos a vuestra hija, y la subía en su carro de oro, tirado por dos negros caballos”

- “¿Y que más visteis? Decidme, con premura”

- “Entonces, justo en ese momento, se abrió una grieta en la tierra, y por ella descendieron”

Deméter, al escuchar su relato, sucumbió a la más desgarradora y honda tristeza. El invierno seguía implacable su camino, y ya no crecían las flores, y los agricultores no podían recoger ni un solo fruto.

Zeus, preocupado por la situación, mandó a su mensajero, Hermes, a rescatar a la hija de la Diosa de la Tierra. Pero para que ello fuera posible, era preciso que la joven no hubiera probado bocado alguno durante su estancia en las regiones infernales. Cuando fue interpelada al respecto, negó haber comido durante todo ese tiempo, pero mintió. El probar un solo alimento de los que había en el Tártaro impedía el regreso, y ella había probado 6 semillas de una granada.

La Tierra era ya un inconmensurable desierto congelado. Entonces Zeus llegó a un pacto con Hades: Perséfone pasaría la mitad de cada año con él y la otra mitad con su madre. Cuando cada año la doncella volvía a la superficie, llegaban la primavera y el verano. Y de esta manera, nacieron las estaciones.



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